3/3/13

Continúa el Cuento


Y por fin el tren llegó a su destino. Ya estaba en Cádiz, una de mis ciudades favoritas. Era un 23 de abril y tenía una cita literaria en Plastilina, una de sus librerías insignes. Me habían invitado a tener un encuentro con algunos de mis jóvenes lectores. Desde su inauguración, cada año llamaban a un autor para celebrar el Día del Libro y en aquella ocasión yo fui el elegido.
Salí de la estación de ferrocarril buscando un bar donde desayunar. Tras desechar un par de ellos, me decidí por uno que consideré el ideal para pasar un buen rato leyendo el periódico que acababa de comprar. Tenía un par de horas por delante, así que no tenía ninguna prisa. Pero con lo que no contaba era que a la hora de salir de la cafetería me iba a encontrar con que el día, que en un principio parecía más o menos estable, se había transformado en un verdadero temporal. En ese justo momento recordé cómo, a punto de partir de casa, rechacé la idea de llevar paraguas. Al igual que en otras tantas ocasiones, me había equivocado por completo. Salí a la calle cubriéndome con el maletín, en busca de un taxi que me dejara justamente en la puerta de la librería. Y, como era de esperar, los únicos que aparecían iban ocupados. Lo que en un primer momento había pretendido que fuera un apacible paseo, se había convertido de repente en un contratiempo bastante fastidioso. Para colmo, mi móvil se había quedado sin batería (¡cómo pude olvidar cargarlo la noche anterior!), por lo que ni siquiera podía llamar a Juan, uno de los encargados de Plastilina, para que me consiguiera un taxi. Así que no había otra solución que seguir caminando, intentando mojarme lo menos posible, y continuar atento para ver si, de forma milagrosa, aparecía por fin un piadoso automóvil con luz verde en el techo para que, a cambio de unas cuantas monedas, me rescatara de aquella penosa situación.

Al cabo de unos minutos de espera que se me hicieron eternos, di la vuelta, volví a entrar en la cafetería porque la lluvia arreciaba.
Me llamó la atención una señora de edad madura, sentada en una esquina del local. Me miraba fijamente. De pronto recordé haberla visto en la estación, una figura estática en medio de la muchedumbre en movimiento. Allí también me observaba.
Su mirada me hizo muy conciente de mi aspecto, debía ser ridículo, despeinado, empapado y azorado. Todo lo contrario al de ella. Me di la vuelta para observar la lluvia caer, dándole la espalda y deseando que escampase lo antes posible para escapar de allí corriendo. De repente la sentí a mi lado, como por arte de magia.
-¿Un día malo?- Me preguntó con acento melodioso. Tenía un deje gaditano, y un cierto matiz que no logré identificar.
-Bueno- contesté algo perplejo- Podría ir mejor. No contaba con este tiempo, sin paraguas, me quedé sin batería- le dije, sacudiendo el periódico mojado y enseñando el móvil, como echándole la culpa- Además no consigo taxi y me esperan en la librería…-Cerré la boca de golpe, no suelo dar explicaciones a una perfecta extraña.
-Bueno, eso puede cambiar.- Señaló al impresionante coche negro que acababa de parar en la puerta.-Puedo llevarte donde quieras.-
Iba a dar las gracias rechazando su oferta con educación, pero recordé que no había dado señales de vida en Plastilina, y nunca había subido a un Bentley.
En cuestión de segundos el chófer se acercó a la puerta para recogernos con un paraguas. Acomodó a la señora en el asiento posterior. Tenía que preguntar su nombre, pensé distraído. Dimos la vuelta y junto antes de entrar me sujetó el maletín.-Le ayudo.-  
Todo ocurría muy rápido y sin embargo la situación me parecía tan normal, le entregué el maletín sin rechistar. Entré al coche, giré la cabeza para dar las gracias a mi salvadora, que sonrió satisfecha antes de decirme:
-Te estábamos esperando.-

-¿En serio? -murmuré asombrado-. ¿Saben quién soy?
-Por supuesto.
-Y usted, disculpe, ¿quién es? -acerté a decir.
La mujer se limitó a sonreír enigmáticamente. El chófer me taladró con la mirada por el espejo retrovisor, pero tampoco dijo nada.
-¿Vienen de parte de Juan? -inquirí intentando comprender la situación.
-No, me temo que no -respondió ella secamente.
-Pues entonces... no lo entiendo -suspiré, encogiéndome de hombros y mirándome las manos con cierto nerviosismo.
El coche se detuvo de pronto.
-Ahora lo entenderás -sonrió ella-. Hemos llegado.
Seguía lloviendo a cántaros. La señora me invitó a bajar del coche y señaló con su dedo índice la puerta entreabierta de una inmensa y algo lúgubre mansión. —No debería entrar, me están esperando en la librería... —dije tembloroso y con poca convicción de que me dejaran ir. La señora ni siquiera me contestó, dio un par de palmadas para indicar al chófer que se fuera y se metió en la casa muy segura de que yo iría tras ella. Dentro estaba bastante oscuro, una ráfaga de viento cerró escandalosamente la puerta detrás de nosotros. Me cogió de la mano, la suya estaba fría como el hielo, me hizo avanzar unos pasos en la penumbra.
Una parte de mí quería huir, salir corriendo. Pero la otra, la más aventurera, sentía una gran curiosidad, quería descubrir a toda costa qué se escondía detrás de tanto misterio. De pronto, alguien encendió la luz. Me encontré solo en una habitación con las paredes forradas de baldas repletas de libros. En el centro había una mesa circular, sobre ella, se encontraban todos y cada uno mis libros. Entre ellos había uno que no conocía, se titulaba: "El maravilloso viaje de Claudia". Debajo del título había el nombre del autor, no podía dar crédito a lo que veían mis ojos. Supuestamente también era yo. ¿Cómo había podido olvidar ese libro? ¿Cuándo lo había escrito? Pero lo más desconcertante ocurrió cuando lo tomé entre mis manos y comencé a hojearlo... Casi se me para el corazón. Todas las páginas estaban aún por escribir, aquel libro estaba completamente en blanco.

Oí un ruido detrás de mí y me volví, aún con el libro imposible en la mano. La mujer que me había llevado hasta allí estaba en el umbral. Y ya no sonreía.
-Señor… Nuño, ¿verdad? –dijo, ya sin trazas de acento gaditano-. Supongo que se siente desconcertado.
Tenía la sensación de que ya le había revelado demasiado sobre mí, así que ignoré la pregunta.
-La verdad es que me están esperando –dije en cambio- Ha sido muy amable al llevarme en su coche, pero pensaba que íbamos a la librería Plastilina. Tengo una cita, ¿sabe?
-Señor Nuño, ¿conoce usted las delicadas simetrías que gobiernan la realidad y la ficción literaria? ¿Sabe qué lo que escriben ciertas personas puede afectar a los hilos de nuestras vidas de manera irreversible?
No contesté. Era obvio que me había dejado engatusar por una demente, y que tenía que escapar de aquella casa tan rápido como me fuera posible.
-Claro que no lo sabe. Si no, no actuaría de manera tan… irresponsable. Sus libros –y cogió uno de ellos con dos dedos, como si deseara tirarlo a la basura- ya nos han causado grandes dolores de cabeza. Pero no ponga esa cara. No voy a intentar convencerle. Solo le he traído aquí para decirle que hoy, en esa librería a la que tanto desea ir, alguien, al parecer sin pretenderlo, le dará una idea para su próximo libro. Este libro, en concreto –añadió poniendo su mano sobre la cubierta de “El maravilloso viaje de Claudia”. 
-Y usted quiere asegurarse de que lo escriba.
-No –dijo la mujer, agarrándome el hombro con su mano gélida-. Lo que nosotros queremos… Lo que este mundo nuestro necesita, señor Nuño, es que usted nunca llegue a escribirlo.

La miré intentando recordar si trabajaba en la editorial que llevaba dos meses esperando un manuscrito pormetido. No me sanoba de nada, pero mi editora es una señora, estupenda y lista, que me conoce bien. ¿Qué resulta más tentador para un escritor? Natualmentre, que le prohiban escribir algo. Trate de poner mi mejor cara de seductor, o sea una pésima imitación, ladee la cabeza y pregunté.
- ¿Y por qué no debería escribirla?
- Porque tiene la mala costumbre de esciribir justo lo que sucede a continuación...
- Eso es una tontería...
Me la quedé mirando. Debió haber sido una belleza, diez o veinte años atrás, claro. Como juego, aquello no estaba mal. Pero necesitaba más datos.
- ¿Acaso es usted la protagonista?
- ¿Me ve como a una de sus protagonistas?
Confieso que me avergoncé. Cierto que todas mis heroinas son chicas jóvenes, atractivas y de las cuales podría enamorarme. ¿Acaso aquella señora casi estupenda, había sido una de mis novias frustradas?

Las preguntas empezaban a acumularse en su cabeza. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo había llegado hasta allí? Era la primera vez que se subía con un desconocido en un coche si saber donde iban…
Decidió no preguntarse nada más, ya que aquella mujer, no parecía dispuesta a aclararle ninguna de sus dudas.
La situación le estaba poniendo nervioso.
Un profundo silencio envolvió la habitación donde se encontraban; solo lo rompió un gran relámpago que seguido por un desgarrador trueno, hizo que la lluvia cayera con más fuerza todavía.
La ventana se abrió con un golpe de viento huracanado, y las cortinas se elevaron como alas al viento.
La mujer, casi sin inmutarse y sin decir una sola palabra, dirigió sus pasos hacia la ventana para cerrarla de nuevo.
El fuerte viento hizo que “El maravilloso viaje de Claudia”  todavía sin escribir, se abriera y pasaran  rápidas sus páginas en blanco. En el momento que la mujer cerró las ventanas, y el viento cesó en la habitación, las hojas dejaron de pasar.
El Sr. Nuño las miró perplejo. Giró lentamente el libro y vio una palabra escrita sobre la última página:
-Fin  -dijo casi en un susurro-
La mujer que se había acercado lentamente y en silencio hacia la mesa donde estaban el Sr. Nuño y los libros, repitió en voz alta detrás de él:
-Efectivamente. Fin.
-Suya es la última palabra  -dijo mientras se ponía frente a él, al otro lado de la mesa-

-Tiene dos opciones  -empezó a decirle-. O sube al coche que le lleve de vuelta al tren que le ha traído hasta esta ciudad y se olvida de sus libros; o continúa su camino tal como lo había previsto, y lo que ocurra cuando “El maravilloso viaje de Claudia”  se convierta en un Best  Sellers, caerá sobre su conciencia el resto de su vida.

Al Sr. Nuño no le dio tiempo a reaccionar, la mujer no dijo nada más, dio media vuelta y salió de la habitación sin decir nada, dejando la puerta abierta de par en par.

Todavía sonaban fuertes en su mente las últimas palabras de aquella mujer, cuando entró en la habitación el chófer que le había llevado hasta allí.

-Cuando el señor quiera -se oyó decir con voz firme-. El coche está listo para llevarle donde usted desee.

El Sr. Nuño se puso en marcha casi de una manera automática. Se dirigió hacia la puerta sin despegar la mirada de aquella página que el viento había detenido y que remarcaba la palabra FIN.                                                                                                                                                       Sensi Romero


Había dejado de llover. Llegué a la librería con solo 20 minutos de retraso, después de todo. El chófer, que no había abierto la boca en todo el trayecto, se permitió cuestionar mi decisión de seguir adelante con mis planes en cuanto salí del vehículo:
–¿Está usted seguro de lo que hace?
Yo asentí con la cabeza, aunque mi nerviosismo era patente. Después de recuperar mi maletín, farfullé un “gracias” casi por obligación y, sin esperar más, crucé decidido la avenida en dirección a la puerta de la librería. En su escaparate asomaban varios de mis libros, junto a un gran cartel que anunciaba mi visita el día 23 de abril.
–Hombre, sr. Nuño, ¡ya era hora! –exclamó uno de los encargados al verme. Y añadió con sorna, señalando al exterior–. ¡Caramba, no sabía yo que esto de ser escritor de literatura infantil y juvenil daba para tener chófer y viajar en cochazo!
Yo me di la vuelta. Tuve el tiempo justo de ver alejarse el Bentley, pero no por ello dejé de sentirme desasosegado. Hubiera querido explicarle a Juan lo sucedido, pero este, apenas hizo acto de presencia, me apremió, aderezando su prisa con comentarios igual de guasones que el anterior:
–¡Vamos, vamos, Fran, que el público se impacienta! ¿Que has venido en coche con chófer, dice? Pues no entiendo cómo no te llega para tener el móvil disponible; ¡te he llamado por lo menos 5 veces por si querías que te fuéramos a recoger! Pero ya veo que te lo montas bien… ¡Va, que los chavales se nos están revolucionando!
En un intento por tranquilizarme, me dije que tal vez iba a ser mejor para mí dar carpetazo por un rato a aquella extraña vivencia y concentrarme en lo que realmente había venido a hacer a Cádiz: encontrarme con mis queridos lectores para enriquecernos mutuamente.
Los acontecimientos, pues –y por primera vez aquella mañana de locos–, prometían desarrollarse con normalidad. Pero, de repente, cuando ya me hallaba ante la joven concurrencia dispuesto a tomar la palabra, una niña de unos 12 años se me adelantó:
–Hola, señor Nuño, me llamo Lorena y me molan todos sus libros. He leído en su blog que el siguiente se titulará “El maravilloso viaje de Claudia”. ¿Puede decirnos de qué irá?

La sola mención del libro me puso los pelos de punta. ¿Cómo sabía de su existencia esta niña menuda y despeinada? Si alguien, ademas de la extraña mujer de la estación, había oído hablar de un libro que aun no había escrito, significaba que el titulo ``El Maravilloso viaje de Claudia´´estaba destinado a mí de alguna forma. Pero, ¿quien había difundido aquella información entre mis lectores? La mujer del Bentley estaba descartada. ¿Habría sido mi editora en un intento de forzarme a escribir mi próximo título?
Me había enredado entre estos pensamientos confusos cuando de repente me sobrevino la idea de que la propia Lorena podría darme algún dato sobre un libro cuyo argumento aun no había ni pensado. Al volverme hacia ella ya había desaparecido. La busqué entre los asistentes sin éxito. Todos me contemplaban expectantes y sorprendidos. Miré hacia la puerta, que en ese momento se abría para dejar entrar a una llamativa madre pelirroja de la mano de dos gemelos pecosos. En el tiempo que estuvo la librería abierta pude distinguir dos enormes palomas, de tamaño fuera de lo normal, que volaban portando algo colorido en sus picos. De pronto alzaron súbitamente el vuelo y dejaron caer lo que llevaban. Varios rectángulos de cartulina fueron cayendo acariciando el aire de derecha e izquierda, de derecha a izquierda, balanceándose hasta aterrizar sobre la acera.

Sin pensármelo dos veces ignoré al público que esperaba mis palabras y me dirigí hacia la puerta. No había rastro de las gigantescas palomas blancas y sobre el suelo descansaban cinco cartas de una extraña baraja: dos ases, un tres, un cinco y un siete, todos ellos de corazones. Entré de nuevo en la librería. Teniendo aquellas cartas entre mis manos no tuve dudas; sus dibujos, su diseño y su colorido eran obra de mi ilustrador y amigo Enrique Quevedo. Até cabos inmediatamente: aquellas eran las cartas que las palomas dejaban caer en mi libro "El gran mago del mundo", ilustraciones cuya arquitectura de ensueño había llevado a Enrique a un premio al mejor ilustrador en EEUU. ¿Tan mágicas eran aquellas creaciones, que habían adquirido vida propia? ¿Era aquello a lo que se refería la mujer misteriosa?

La voz de Juan me sacó de mi ensimismamiento. Dirigiéndose a la mujer de cabello color fuego dijo: "¡Claudia! ¡Qué suerte que hayas podido venir con tus pequeños!". ¿Había oído bien? No podía ser casualidad que instantes después de divisar las palomas mágicas surgiera el nombre que tantos quebraderos de cabeza me llevaba dando todo el día.

Era inaudito lo que me estaba pasando. No podía ser, pensaba que todo había sido, en fin no sé una broma de mal gusto, pero esto ya no podía ser un plan preparado para hacerme pasar un mal rato y descubrir luego que fue un montaje para disfrute de otros.
Comenzaban a ocurrir hechos que desde luego, como mínimo, me iban embargando en una tensión impropia de mi vida anodina.
Aquella mujer, Claudia, ¡era pelirroja! Siempre sentí predilección por ese color de pelo, además su piel era blanquísima y su rostro estaba lleno de maravillosas pecas que junto a sus ojos verdes, hacía muy difícil no fijarse en ella. Sin duda era muy hermosa y parecía salida de un maravilloso cuento.
¿Un cuento maravilloso? Como se me ocurre tener tan disparatado pensamiento.  Agité  mi cabeza intentando sacar de ella semejante idea e intenté concentrarme en mi encuentro y en lo que iba a decir. Pero ella, Claudia, habló, y toda mi atención se centró de nuevo en aquella figura femenina que tanto me fascinaba.
-Pues sí Juan, he podido venir. Tenía mucho interés de que mis niños conocieran a Fran Nuño ya que sus libros les encantan. Menos mal que era hoy, he recibido una llamada urgente del trabajo y mañana he de hacer un viaje. Al parecer ha sucedido un hecho inexplicable y claro necesitan que vaya a investigar.
-¿Dónde has de ir esta vez?
- A El Bosque.
Sin darme cuenta, la historia se iba escribiendo ella solita y yo todavía ni tan siquiera había decidido coger la pluma. Aunque…, todo hay que decirlo, mi imaginación ya había comenzado a funcionar. ¿Acaso era suficiente el que yo jugara con mis pensamientos para que aquello tuviese reflejo en la realidad?



Mientras charlaba con los jóvenes que habían acudido a la librería y les firmaba algunos ejemplares de mi obra, no podía dejar de pensar en todo lo sucedido en las últimas horas.

Habían sido demasiadas cosas. Repasé mentalmente la cadena de acontecimientos: la enigmática dama que me había rescatado de la lluvia en la estación, su chófer y el imponente Bentley, la mansión y la aparición repentina de un libro que estaba por escribir y que únicamente contenía la palabra FIN en su última página. Un libro que llevaba mi nombre en la cubierta. Mi nombre y el de Claudia. Un libro y una decisión:  seguir adelante con la visita a la librería a pesar de la invitación que me hizo la extraña mujer de abandonar la ciudad y cualquier intento de escribir la historia de Claudia y su maravilloso viaje.

Claudia.

Ese nombre encerraba un misterio. El nombre de la hermosa mujer pelirroja que me acababa de pedir que le dedicara mi último libro a sus dos hijos.

–Tenía ganas de conocerte –me dijo–. En realidad, mis pequeños tenían ganas de conocerte. Leen todo lo que publicas. Te adoran.
–Vaya –murmuré un poco torpe–. No sé qué decir.
Aquellos dos pequeños terremotos, mis dos lectores incondicionales, correteaban alrededor de una mesa circular sobre la que se apilaban algunos juguetes de madera y varios catálogos de editoriales infantiles.
Claudia sonreía mientras contemplaba cómo se divertían sus gemelos.
–No te lo vas a creer –continuó– pero hace tres días soñé que ibas a escribir un libro. Un libro que hablaba sobre mí.
–“El maravilloso viaje de Claudia” –le respondí de manera automática, como si supiera perfectamente  a qué se refería.
–Eso es. El maravilloso viaje de Claudia. –contestó sin inmutarse–. En el sueño pude ver la cubierta del libro y tu nombre, y pude ver que todas sus páginas estaban en blanco excepto la última.
–Con la palabra Fin, ¿verdad? –le interrumpí.
Claudia no parecía sorprendida.
–Así es. Con la palabra Fin. Y entonces supe –continuó– que tenía que conocerte. No creo en los sueños, ni en las señales, pero mis hijos me dijeron algo ayer que me hizo pensar en encontrarme contigo. Ellos sabían de la existencia de tu nuevo libro por tu blog. Y también me dijeron que venías a la ciudad a conversar con tus lectores. Entonces supe que tenía que venir y conocerte. Preguntarte si ese libro tiene que ver conmigo.
–Lo cierto es que no lo sé –le dije–. Creo que en parte sí, y en parte no. Tengo que confesarte que hasta hoy mismo, no sabía nada de esa historia ni de su protagonista. Y ahora, de repente, es como si llevaras ahí todo el tiempo.
–Eso no es todo –susurró para que nadie más pudiera escucharla–. Hay algo más. Creo que tienes que ver esto.
Claudia sacó de su bolso una pequeña libreta negra algo desgastada y me la entregó. La libreta era idéntica a las que suelo utilizar para anotar ideas o avanzar en alguna historia.
–¿Puedo? –le pedí permiso para echar un vistazo–.
–Por favor.
Las hojas de aquel cuadernillo estaban escritas con letra menuda y delicada. Sin duda aquellos caracteres podían decir mucho acerca de su autor, de su autora en este caso, pero enseguida me llamó la atención la primera página. El título rezaba:
“El maravilloso viaje de Claudia”.
Escrito por: Claudia Muñiz

Eso no era todo. Pasé de hoja y me dispuse a seguir leyendo.  La primera frase anotada en la segunda página y con la que arrancaba la historia decía:
“Y por fin el tren llegó a su destino”.
Claudia debió leer en mi rostro la expresión de incredulidad.
–Salgamos a tomar un café –me propuso–. Creo que tenemos mucho de que hablar.



Claudia preguntó a Juan si los niños podían quedarse un rato allí.
-¡Claro! No hay problema.
Después salió de la librería. Cuando la puerta se cerró, giró la cabeza y me regaló una sonrisa. Inevitablemente salí tras ella. Por si no lo estaba ya, aquella sonrisa me convenció del todo: iba a escribir la historia de esa mujer.
Cádiz había vuelto a ser Cádiz. El sol reinaba en sus dominios y los charcos empezaban a evaporarse. Olía a geranios, a tierra mojada y a lo que huele cuando sabes que el mar está cerca.
Claudia caminaba con pasos rotundos. Yo iba detrás, a unos diez pasos, conteniéndome para no acelerar y ponerme a su altura. Caminamos durante un par de minutos tensando el hilo: ahora a cinco pasos, ahora a quince... Ella no se giró en ningún momento. Cerca de la catedral, dobló una esquina. Yo aceleré el paso y al dar la vuelta me encontré de nuevo con esa sonrisa, sentada en una terraza.
Me senté frente a ella. Esperamos en silencio a que el camarero nos tomara nota. Cuando se fue a buscar nuestros cafés, Claudia sacó el pequeño cuaderno y me lo entregó de nuevo.
-Lee. Después hablamos.
Todo estaba allí. Las ultimas tres horas de mi vida, tal y como habían ocurrido, escritas con esa letra menuda y delicada. Incluidas las caderas de Claudia marcando el ritmo del paseo hasta la terraza, sus sonrisas, el camarero mirándola desde la puerta, yo leyendo con asombro un cuadernillo negro...
Alcé la vista. Ahora no sonreía. Simplemente me miraba divertida y segura.
-Supongo que querrás una explicación. Mira de nuevo el cuaderno.
Bajé los ojos y leí:
-Supongo que querrás una explicación. Mira de nuevo el cuaderno. No, no levantes la vista -las palabras iban apareciendo a medida que ella las pronunciaba- Soy tu musa. Y va siendo hora de que rindamos cuentas, Fran.



Fran levantó la cabeza y miró a Claudia hasta lo más profundo. Ella le sonrió con infinita ternura. Fran empezaba a comprender lo que sucedía y se echó a temblar. Claudia sacó un bolígrafo, firmó el libro y le puso fecha: "Claudia Muñiz, 16 de julio de 2013, a orillas del mar". Y mientras cerraba su libro, por fin terminado, contempló cómo un vendaval de salitre envolvía a su protagonista y lo desvanecía en el viento. 

5 comentarios:

  1. aarrrgggg!!!! q bueno!!! pero por favor, q alguien lo continue ya!!! q me muero de la intriga!!!!

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  2. Mi despertar estuvo mejor, pues me encontré con ustedes....me ha encantado las ocurrencias, conozco 2 autoras Virginia Read Escobal personal y Blanca Alvarez en libros.......espero que se añadan mas y aunque no lo crean pondré en práctica este método en la Biblioteca .....es posible tenga algún escritor entre los niños........

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  3. ¡¡¡ Me ha encantado !!!, y estoy muy intrigada, así que espero que lo continúen pronto. Es una buenísima idea, que se debería poner en práctica en los colegios para fomentar la creatividad y la lectura.

    Sólo añadir que de entre los participantes conozco a Sensi Romero, tengo todos sus cuentos, que leo a mi sobrino, y me ha encantado leer algo de ella en un género un poco distinto, (porque esto más que un cuento me parece una novela).

    ¡ Enhorabuena a todos !, (seguiré leyendo la historia, por supuesto).

    Un saludo

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  4. Ohhhhh vaya enganche!!! enhorbuena por la iniciativa

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